
Para intentar responder a la pregunta del título, procuremos definir primero que entendemos por proyecto nacional. Proponemos enterlo como una visión compartida sobre las estrategias a seguir durante un proceso histórico para alcanzar metas deseables en el desarrollo del país. En este sentido, se trataría de una anticipación de un futuro posible, un programa de realización de aspiraciones comunes a la mayoría de los habitantes, que se sustentaría en consensos amplios y consistentes en el tiempo.
Por ejemplo, en una época, la visión compartida por la mayoría de los argentinos era que las ventajas naturales del país como productor de alimentos bastaban para sustentar un futuro promisorio y que, por lo tanto, no se requerían esfuerzos especiales para desarrollar una industria autónoma. Todo se podía comprar afuera, en especial en Inglaterra, a cambio de nuestras carnes y nuestros cereales. Era la “Argentina, granero del mundo”, en la que “una buena cosecha arregla todo”.
La referencia al proceso histórico intenta destacar que se trata de una visión estratégica enmarcada en una época de la evolución mundial y del propio país, entre otras razones porque nadie se propone tareas que no esté en aptitud de resolver o que demanden herramientas que todavía no existen y ni siquiera se imaginan. Pero, además, de que las trasformaciones que se procuran se completarán quizás en algunas décadas.
Las metas deseables de nuestra definición tentativa, indican que la determinación de cuáles podrían ser los objetivos planteados como resultados a lograr, es una convención. En un país puede ser lograr un nivel promedio de calidad de vida, alto y semejante para todos, como en algunas naciones nórdicas. En otro, el acento puede estar puesto en asegurar niveles de excelencia en la innovación tecnológica aplicada a la industria.
Cuando en Argentina se comenzó a gestar un modelo de desarrollo basado en la industrialización sustitutiva de importaciones, no importaba tanto qué calidad tuviera inicialmente el producto de nuestras fábricas, cuanto que se hubiera realizado aquí y, en lo posible, recogiera innovaciones locales. Para sustentarlo se contaba con los abundantes recursos que proveían las exportaciones agropecuarias, las que posibilitaban pagar las maquinarias e insumos de una industria orientada al mercado interno, que crecía por la expansión del consumo de los sectores asalariados.
Para realizar esa transacción de recursos del agro a la industria, mediaba el estado, que regulaba el comercio exterior y el mercado de cambios y se apropiaba de parte de la renta agraria mediante impuestos específicos que sustentaban fuertes políticas redistributivas, vía servicios sociales universales (hospitales y escuelas públicas, por caso)
¿Por qué hablamos de proyecto nacional? Lo de nacional remite al ámbito de realización de esos objetivos, pero a la vez, subraya una de las metas: consolidar e incrementar la autonomía del país en la determinación de sus propósitos. No siempre un proyecto de país es un proyecto nacional. Cuando para asegurar el acceso de las carnes argentinas al mercado inglés, los gobiernos oligárquicos resignaban espacios de autonomía nacional, al extremo que se felicitaban porque se podía considerar al país como una colonia más del Imperio Británico, su proyecto de país, el país que querían para su beneficio, no era una nación autónoma. Desde temprano en nuestra historia se dieron esas asociaciones entre las élites del poder terrateniente y potencias extranjeras, que operaron en beneficio de reforzar una y otra hegemonía.
Al formular como pregunta la posibilidad de un nuevo proyecto nacional, queríamos llamar la atención sobre una circunstancia: no en toda época es posible que una visión compartida encarne en actores sociales capaces de sustentar la progresiva búsqueda de las metas deseables a lo largo de un proceso histórico. Por ejemplo, el modelo de industrialización sustitutiva de importaciones tuvo, sólo después de iniciados los procesos de industrialización, los actores sociales interesados en defenderlo. Lo desató la circunstancia fortuita de la guerra entre las naciones centrales, nuestras proveedoras de artículos industriales, que no pudieron mantener abastecido a nuestro mercado. Cuando se normalizó la industria europea, ya había en Argentina obreros industriales sindicalizados y centrales de patrones de la industria que ejercían sus presiones específicas para asegurar la continuidad de un proceso en el que se beneficiaban directamente.
¿Es posible volver a ese modelo? Tal como se había implementado, con industrias básicamente en manos de capitales extranjeros, que garantizaban su renta por la existencia de un mercado cautivo, al que abastecían con productos tecnológicamente atrasados y que realizaban parte de sus ganancias mediante el acceso privilegiado a recursos públicos, ese modelo de desarrollo industrial estaba en crisis a principios de los setenta, porque no daba ya las respuestas requeridas por la necesaria modernización del país y no lograba los consensos suficientes para sostenerse.
La división entre los actores populares respecto de las alternativas a seguir para enfrentar la crisis, facilitó el golpe de la oligarquía, que rediseñó el país a la medida de sus intereses y tomó los recaudos suficientes para protegerlos en el futuro. El programa de des industrialización y endeudamiento externo fuerte y deliberado, junto a la fuga masiva de capitales, produjo un cerco de imposibilidades y obligaciones orientado a disminuir la autonomía del país. Se pretendió y se logró en gran medida, colocar a Argentina bajo un obligado gerenciamiento externo.
Los sucesos del 19 y 20 de diciembre de 2001 precipitaron la implosión de ese proyecto de país. Si es un error sobredimensionar la significación de estos acontecimientos, también sería riesgoso devaluarla: impusieron un viraje que se debe afirmar todavía, en un contexto donde la correlación de fuerzas entre el campo popular y la derecha sigue siendo desfavorable a las mayorías.
Desde entonces el país atraviesa una transición. Cada vez más alejado de la lógica precedente, sin haber roto enteramente con ella y sin que aun se afirme el proyecto alternativo, en la medida que no ha encarnado todavía en los actores político sociales concretos que deben sustentarlo. La posibilidad abierta de un nuevo proyecto nacional depende, para concretarse, de la recuperación del movimiento popular.
La necesidad de pensar un nuevo proyecto nacional surge de tres imperativos. Uno, el hartazgo popular expresado el 19 y 20 de diciembre de 2001. Fue otro nunca más, sustentado en una colectiva desobediencia civil espontánea, que mostró al sistema político-institucional desnudo de representación. Y aunque, pasado un tiempo, este y aquel otro nunca más al terrorismo de estado, pudieran parecer ya sin su fuerza fundacional, una y otra vez la sociedad se los reapropia y los vuelve a situar como los puntos de partida de cualquier empresa colectiva a futuro. Las jornadas del 19 y el 20 sirvieron para rescatar algo que habíamos olvidado de la Revolución de Mayo: el pueblo es el soberano y si los mandatarios no gobiernan de acuerdo con su voluntad, puede revocarles el mandato, sin sujetarse a reglas jurídico-constitucionales.
El otro imperativo es el de la inclusión. Argentina no tolera estos niveles de desigualdad entre sus ciudadanos. Por suerte y gracias al trabajo cotidiano de un conjunto de movimientos de trabajadores desocupados, de organizaciones políticas populares, de asambleas barriales y a la densa trama de la solidaridad social, el hambre y la miseria de millones de hermanos no se han naturalizado todavía. Hasta tanto no esté resuelto este problema, la democracia argentina estará en emergencia. Incluir a los excluidos es de por si pensar un nuevo país.
Por último, es imperativo pensar un nuevo proyecto nacional, porque el mundo ha cambiado profundamente en lo político, en lo económico y en lo cultural. Si asumimos creativamente los desafíos que nos plantea en todos los órdenes el nuevo escenario internacional, Argentina podrá desarrollarse, consolidar su democracia, asegurar el bienestar a todos sus habitantes y contribuir a la unidad regional.
Si se trata de responder a la voluntad popular, de asegurar la inclusión social y de adecuarse a un mundo cualitativamente diferente, ni el viejo modelo de la industrialización sustitutiva de importaciones ni el ya agotado de valorización financiera del capital, son la respuesta.
Good post.
sólo hasta que apredamos a aceptar que hay gente que piensa distito, actúa disferente y tiene otras ideas; recién cuado aprendamos a respetarlas expresiones de los demás QUIZÁS, avacemos… sio aceptemonos como somos, así de defectuosos y, con lo que teemos HAGAMOS ALGO!!!!