
El viernes 23 y sábado 24 de mayo se realizó el Congreso Nacional del Frente Grande en la Ciudad de Buenos Aires. Las jornadas que comenzaron el 23 con una conferencia de gran convocatoria, seguida de una cena, de la que participaron 350 referentes provenientes de todas las latitudes de la nación, se completaron con una serie de paneles de debate que se llevaron a cabo el día 24 en el centro cultural Paco Urondo.
En el marco de estos encuentros también hubo una activa participación de los espacios de juventud, que a partir de una iniciativa llevada a cabo en los últimos meses comenzaron a articularse. Esto permitió que se realizara un panel, donde los representantes de cada una de las provincias pudieron exponer y debatir las problemáticas propias y generales que atraviesa la juventud en general y como actor político fundamental del proceso que se esta dando actualmente en la Republica Argentina.
Dentro de este panel se discutieron distintas temáticas, tanto estructurales -entre las que se hablo de recursos naturales, migraciones laborales, inclusión de los pueblos indígenas, derechos humanos, etc- Como coyunturales entre las que se hizo referencia a la problemática del campo, de la soja y a la necesidad de la integración regional.
Sin embargo los puntos destacados, en los que hubo coincidencia por parte de todos los participantes del panel: fueron la necesidad de generar y elevar la conciencia política de las juventudes, crear espacios de inclusión y de participación de las mismas dentro de las asociaciones civiles y partidos políticos. Y la importancia de la juventud como sujeto político protagonista históricamente de todas las luchas sociales.
Advirtiendo esta situación es que juventud Redes viene realizando a lo largo de los ultimos años tareas de concientizacion y participación de este actor social en el marco de la provincia de Buenos Aires y que hoy aporta a la articulación nacional de la juventud dentro del proceso de reconstrucción del Frente Grande.
Las organizaciones populares tienen cada vez menos acceso a los medios masivos de comunicación, si es que alguna vez tuvieron alguno. El camino para comunicar sus reclamos, para transmitir sus realidades y deseos está cortado por la política y las estrategias de desinformación y manipulación que los medios masivos ejercen.
Por una parte, los medios han modificado los mecanismos enunciativos, han ampliado la diversidad temática de las programaciones y han inventado nuevas tecnologías comunicacionales para llegar a audiencias más amplias.
Por otra, el poder político-mediático, inspirado en el decreto-ley de radiodifusión de la dictadura y las modificaciones posteriores introducidas por los decretos de Alfonsín y Menem y la ley de Reforma del Estado, ha cortado de raíz la posibilidad de las organizaciones populares de constituirse en emisores.
Cuando las clases trabajadoras ingresan a los medios gráficos y/o electrónicos son siempre como “objeto” de la noticia, la información, la reflexión, etc., nunca como “sujeto”. Los trabajadores, desempleados, excluidos, mujeres, piqueteros, migrantes pobres, son parte integrante de la noticia cotidiana, pero dentro del marco enunciativo, la agenda y el contexto que fijan los dueños de los medios masivos.
Acaso la historia de nuestro país, más que la de ningún otro en América Latina, permita demostrar en qué medida el empobrecimiento de la clase media fue el símbolo más claro de un proceso de destrucción de la estructura social más firme de las naciones americanas ubicadas al sur del Río Grande.
Al hacer un ejercicio comparativo entre la pirámide social de 1974 y la de 1980, se puede observar con claridad que, a principios de los setenta, y a pesar del incompleto proceso de sustitución de importaciones iniciado por el peronismo, la movilidad social ascendente se manifestaba en una clase media alta y media plena que llegaba a casi el 80 por ciento de la población. Efectivamente, no son datos extraídos de ninguna película de ficción, sino la expresión palpable de cómo la distribución de la renta y el poder del salario eran pilares fundamentales de una sociedad que, a pesar del convulsionado panorama político, veía a la democracia como una forma de representación individual y colectiva de un proyecto de país.

Para intentar responder a la pregunta del título, procuremos definir primero que entendemos por proyecto nacional. Proponemos enterlo como una visión compartida sobre las estrategias a seguir durante un proceso histórico para alcanzar metas deseables en el desarrollo del país. En este sentido, se trataría de una anticipación de un futuro posible, un programa de realización de aspiraciones comunes a la mayoría de los habitantes, que se sustentaría en consensos amplios y consistentes en el tiempo.
Por ejemplo, en una época, la visión compartida por la mayoría de los argentinos era que las ventajas naturales del país como productor de alimentos bastaban para sustentar un futuro promisorio y que, por lo tanto, no se requerían esfuerzos especiales para desarrollar una industria autónoma. Todo se podía comprar afuera, en especial en Inglaterra, a cambio de nuestras carnes y nuestros cereales. Era la “Argentina, granero del mundo”, en la que “una buena cosecha arregla todo”.
La referencia al proceso histórico intenta destacar que se trata de una visión estratégica enmarcada en una época de la evolución mundial y del propio país, entre otras razones porque nadie se propone tareas que no esté en aptitud de resolver o que demanden herramientas que todavía no existen y ni siquiera se imaginan. Pero, además, de que las trasformaciones que se procuran se completarán quizás en algunas décadas.
Las metas deseables de nuestra definición tentativa, indican que la determinación de cuáles podrían ser los objetivos planteados como resultados a lograr, es una convención. En un país puede ser lograr un nivel promedio de calidad de vida, alto y semejante para todos, como en algunas naciones nórdicas. En otro, el acento puede estar puesto en asegurar niveles de excelencia en la innovación tecnológica aplicada a la industria.
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Editorial
Nuestro Gobierno, y muchos compañeros de militancia, parecen haberse resignado al rechazo o pérdida de apoyo de la clase media. Parecería que un componente genético la hace retornar a un gorilismo primitivo y visceral ante cualquier aspecto negativo del gobierno, aún aquellas cosas que parecen totalmente secundarias o, más aún, anecdóticas. Así el supuesto autoritarismo o soberbia de Néstor Kirchner o Cristina Fernández, el estilo fashion de la Presidenta y su tendencia al maquillaje, que ella admite como una costumbre que arrastra desde su primera juventud, o el carácter confrontativo del estilo kirchnerista, más el hecho de que los actos oficialistas suman decenas de miles de morochos y morochas serían el motivo que hace renacer el atávico odio de la susodicha clase por el peronismo. Lea la editorial completa
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